miércoles, 22 de mayo de 2013

Los seis capitales

SE dice que decidimos a última hora y frecuentemente cuando nos cansamos de pensar. Cuando llegan los momentos de decidir nos falta tiempo y -más aún- capacidad de pensar sobre lo nuevo. La premura de la imposición de unos tiempos tasados para tomar decisiones, nos sorprende -siempre muy ocupados- y optamos por lo más emocional. Esto suele ser un pequeño cambio superficial -de seguir igual-, por el miedo a lo nuevo. Los cambios con propuestas más profundas requieren haber reflexionado sobre otras opciones fuera del plano de pensamiento habitual. Ya lo decía Einstein: "No podemos resolver problemas si no salimos del plano de pensamiento donde se han creado". Esto es difícil, pero es el ejercicio recomendable para conseguir acercarnos a lo que pretendemos. Hay que hablar de lo que no existe y esto requiere un tiempo de reflexión y diálogo. Este ejercicio de ver más allá y ver desde mas lejos nos ayuda a situarnos mejor ante las decisiones y a calibrar el impacto de lo que podemos elegir o decidir hacer en un determinado momento. Recurriremos una vez más a la social ficción para pensar sobre la importancia de los activos o capitales sociales, su naturaleza y las consecuencias de optar por unos u otros. Nuestra historia reciente ha elevado el valor social de uno de los activos de la sociedad por encima de los demás y es el relativo a la posesión de recursos materiales. Esta tesis es quizás la explicación subyacente de la deriva social de nuestros días, que no viene de ahora, pero es ahora cuando requiere una reconsideración profunda. Los dos últimos siglos han servido para crear capacidades de producir y de consumir como nunca nadie se había podido imaginar. La maquinaria social que hemos creado sobre la educación, el reparto del tiempo, los reconocimientos sociales, los hábitos, las aspiraciones, el poder, y los símbolos se han organizado alrededor de este activo entendido como desarrollo económico en detrimento de los demás. ¿Pero cuáles son los otros cinco? Si nos ponemos delante un cubo de Rubik y lo imaginamos como el contenedor del capital social, veremos que hay seis caras y en ellas cuadrados con mezclas de seis colores. Son los seis capitales con los que evaluamos las oportunidades, elegimos el empleo, creamos nuestros proyectos, elegimos una residencia, educamos a nuestros hijos, dedicamos nuestro tiempo. Cada asunto en nuestra vida esta tintado de seis colores -los seis capitales-, pero nos dicen insistentemente que solo existe uno importante, el económico. Los seis activos sociales son: el capital económico, el capital conocimiento, el capital salud -física y emocional-, el capital cultural y de creencias, el capital ecológico o ambiental, y el capital relacional o de confianza. Estos seis activos responden a nuestra naturaleza antropológica de humanos como seres sociales emocionales y racionales con percepción del tiempo -pasado y futuro- y residentes en un planeta biológicamente desarrollado y ocupando un espacio evolutivo junto a múltiples especies. Ya lo decía Einstein: "No podemos resolver problemas si no salimos del plano del pensamiento donde se crean" Intentemos elevar el punto de vista desde el que vemos lo que viene, si queremos soluciones de mejor contenido Los activos orientados al futuro son dos: Los recursos materiales y el conocimiento. Estos dos capitales sociales forman una parte importante del progreso material y del avance en las formas de vida. Ambos sirven para asegurar la permanencia en lo que viene, lo desconocido. Los recursos económicos para permitir intercambiar bienes y mantener la actividad en momentos de baja capacidad de generar recursos, y el conocimiento -cada vez más importante en momentos de cambio- para prever y resolver problemas de cualquier índole. Como seres sociales que somos valoramos otros dos activos -de la socialización-, que nos permiten cubrir nuestras necesidades de pertenencia a grupos, más allá de sentirnos individuos aislados. Los dos capitales de la socialización son el capital emocional-salud y el capital cultural. El primero se traduce en el bienestar personal que sienta las bases de la felicidad. Este es un capital que traducimos en calidad de vida, que mueve muchas decisiones personales y laborales. El segundo capital de la socialización lo forman las creencias colectivas, las emociones grupales, el desarrollo de elementos culturales, los ritos, los símbolos, las reglas de conducta, y los reconocimientos que conforman la identidad y del sentimiento de pertenencia en los grupos humanos. Son los activos culturales y artísticos que nos vinculan emocionalmente. Y los otros dos capitales provienen de nuestra relación con el entorno. Las relaciones sociales no son sólo grupales e intraespecie. Lo son también personales y extraespecie. Somos seres insertos en redes de relación próxima con otros humanos -cada vez más- y con la naturaleza. Formamos parte de un ciclo biológico evolutivo con relaciones de cooperación y competición entre nosotros y los medios naturales. Son los dos últimos capitales y colores del cubo de Rubik. El capital relacional o de confianza entre personas -el quinto- y el capital ecológico o de armonía en entorno vital, como sexto y último de la lista. El capital relacional en sentido positivo está fundamentado en la confianza y en sentido negativo en el engaño y la explotación por dominio de unos sobre otros. El capital ecológico se fundamenta en la armonía del medio ambiente y con los seres vivos. Nos interrelacionamos con un medio vivo que es la naturaleza en su expresión global. Si observamos lo cotidiano, las propuestas sociales, la crisis y las medidas de cambio vemos que los seis capitales están en danza. Movemos el cubo de Rubik de un lado para otro pero no sabemos si avanzamos hacia la solución -mejor modelo social- o nos alejamos de ella. Lo que tenemos claro es que la combinación vigente de estos capitales no es la que idealmente queremos. Tenemos esta sensación -al ver los movimientos sociales- de una gran desorientación en un mundo complejo y veloz. Un proyecto público nos anuncia grandes cambios en un lado del capital social y por otra parte vemos que crea grandes problemas en otros aspectos del resto de los capitales. Parece sin embargo que como tónica general hemos sobrevalorado el capital económico, los capitales de lo tangible, en el cubo de Rubik. El capital recursos y lo económico como agente regulador de lo importante no está en armonía en intensidad y en superficie con los otros cinco capitales. Así la economía del futuro que maneje este nuevo cubo de Rubik será muy distinta y se llamará de otra manera -quizás exonomía (ver NOTICIAS DE GIPUZKOA del 29 de mayo de 2008). Si sabemos que hay seis capitales sociales nos será más fácil ordenar nuestras valoraciones y hablar de todos ellos ante las propuestas de cambio a las que nos vamos a enfrentar. Elegir entre opciones no es fácil. A veces hay que renunciar a ganar en alguno para ganar en otros, y a veces merece la pena consumir alguno en el corto plazo para crear reservas de otros para peores tiempos. En definitiva, intentemos elevar el punto de vista desde el que vemos lo que viene, si queremos soluciones de mejor contenido y de cierta garantía de cambio social.

Shofar




El shofar (en hebreo: שופר‎) es un instrumento musical de viento, fabricado con el cuerno de un animal puro (o kosher), como el carnero, cabra, antílope o gacela. Se utiliza en varias fiestas judías, así como en algunos servicios religiosos cristianos. Este instrumento de viento es uno de los más antiguos conocidos por el hombre, usado desde hace más de 4.000 años. Se fabrica vaciando el interior de los cuernos de ciertos animales, prefiriéndose los que más curvatura posean. En el Año Nuevo Judío (Rosh Hashaná) y el Día del perdón (Yom Kipur) se toca el shofar durante la ceremonia de rezo y al final del rezo de Neila, solo una vez. En Rosh Hashaná se hacen 100 sonidos del shofar de la misma forma que el lamento de la madre de Sísara contiene 100 letras (Jueces, 4), y según la creencia, algunas comunidades acostumbran a producir un sonido largo final para confundir a Satanás (Ángel del Mal). Los sonidos son repeticiones de tres sonidos básicos conocidos como: Tekia (un solo soplo largo), Shevarim (tres soplos medianos) y Terua (nueve soplos cortos). 

EtxebizHitza Plataforma

EtxebizHitza Plataforma, está conformada por los grupos Iratzarri, LAB, RBU taldea, STEE-EILAS, Desazkundea, kaleratzerikEZ! Rekalde, M15M bizkaia o EGK. El objetivo de esta iniciativa en común es presionar para que se garantice el acceso a una vivienda digna y adecuada para todas las personas. Entre las iniciativas impulsadas se recoge la presentación de una batería de medidas en el Parlamento Vasco por el derecho a la vivienda a las que se han adherido ya varios colectivos sociales.

Economía social

Huertos de Soria, el proyecto de economía social que impulsan la ONG Cives Mundi y la Fundación de Ayuda al Discapacitado y Enfermo Psíquico de Soria (FADESS).
http://www.youtube.com/watch?v=yGV9_5xF4xw

“Gigonomics”

El fenómeno anticipa el aumento del outsourcing, compañías pequeñas, el fin de la lealtad a las organizaciones y mucha gente trabajando freelance. Expertos contestan si las empresas están preparadas para el cambio. Y revelan qué empleos están en peligro de extinción y cuáles viven su momento de auge Por Cecilia Novoa Si bien los cambios en el escenario laboral son constantes, los expertos coinciden en que al ritmo que avanza la tecnología, algunas profesiones y oficios desaparecerán, mientras que otras se modificarán para adaptarse a las nuevas realidades. Por el lado de la demanda, en el futuro cercano la mayor generación de puestos de trabajo seguramente pasará de las grandes corporaciones a las micropyme y los emprendimientos. Y, visto desde la oferta, ya se está produciendo un cambio en el paradigma de la dependencia -el hecho de que en una empresa asegure el sueldo todos los meses-: están naciendo cada vez más emprendedores y se vaticina que en los próximos años cada profesional deberá fabricar su propia marca y su empleabilidad. Además, según anticipan los conocedores del mercado de trabajo, en el futuro será cada vez más difícil que la gente se comprometa con una marca u organización. La tendencia será más bien a hacerlo con un proyecto. El mundo "Gig" En un artículo del diario español Expansión, José Manuel Casado, presidente de la consultora 2C, sostiene que "habrá un modelo de trabajo muy distinto al que hemos conocido hasta ahora". Y explica que "en unos casos como consecuencia de la situación, y en otros porque los mejores profesionales aprovechan la situación para transformarla en oportunidad y hacer realidad sus sueños, se está creando un mercado Gig". El experto español habla de Gigonomics para referirse a un cambio de la economía compuesto por freelance, proyectos Gig y trabajos a tiempo parcial combinados con reducción de los prepuestos corporativos, outsourcing y el fin de la lealtad a las empresas. "Será una economía en la que casi nadie tendrá un trabajo real; en la que cada trabajador es un Gig, un profesional que colabora a corto plazo con empresas mediante contratos para hacer proyectos concretos. El trabajo es una mezcla de colaboraciones con distintas compañías", señala el consultor en Expansión. En la perspectiva del especialista, "se da una evolución natural que permite al profesional ser su propio dueño y a la vez dotar a la empresa de una mayor flexibilidad al poder disponer del talento especializado para iniciativas concretas". Según su visión, esto será cada vez más importante en aquellas organizaciones de conocimiento que trabajen por proyectos, como los estudios de abogados, las consultoras o las ingenierías. El mercado laboral es una estructura dinámica con permanentes modificaciones y la historia demuestra que el avance tecnológico siempre ha jugado un papel principal. La incorporación de tecnología por parte de las empresas supone modificaciones en lo laboral: la máquina puede suplantar al hombre en aspectos mecánicos o técnicos pero debe de ser operada por personal especializado. Allí hay modernización, tecnología y búsqueda del conocimiento para la aplicación de la nueva maquinaria. Pero ahí también se juega su papel la capacitación y el uso de técnicas administrativas innovadoras que tengan en cuenta la creatividad para el desarrollo y la valorización de los talentos.
http://vimeo.com/11871272

El capital cultural





El capital cultural puede existir bajo tres formas: en el estado incorporado, es decir, bajo la
forma de disposiciones duraderas del organismo; en el estado objetivado, bajo la forma de
bienes culturales, cuadros, libros, diccionarios, instrumentos, maquinaria, los cuales son la
huella o la realización de teorías o de críticas a dichas teorías, y de problemáticas, etc., y
finalmente en el estado institucionalizado, como forma de objetivación muy particular, porque
tal como se puede ver con el titulo escolar, confiere al capital cultural —que supuestamente
debe de garantizar— las propiedades totalmente originales.
El estado incorporado
La mayor parte de las propiedades del capital cultural puede deducirse del hecho de que en su
estado fundamental se encuentra ligado al cuerpo y supone la incorporación. La acumulación
del capital cultural exige una incorporación que, en la medida en que supone un trabajo de
inculcación y de asimilación, consume tiempo, tiempo que tiene que ser invertido
personalmente por el “inversionista” (al igual que el bronceado, no puede realizarse por
poder
 El trabajo personal, el trabajo de adquisición, es un trabajo del “sujeto” sobre sí mismo
(se habla de cultivarse). El capital cultural es un tener transformador en ser, una propiedad
hecha cuerpo que se convierte en una parte integrante de la “persona”, un hábito.
Quien lo posee ha pagado con su “persona”, con lo que tiene de más personal: su tiempo. Este capital
“personal” no puede ser transmitido instantáneamente (a diferencia del dinero, del título de
propiedad y aún de nobleza) por el don o por la transmisión hereditaria, la compra o el
intercambio. Puede adquirirse, en lo esencial, de manera totalmente encubierta e inconciente y
queda marcado por sus condiciones primitivas de adquisición; no puede acumularse más allá de
las capacidades de apropiación de un agente en particular; se debilita y muere con su portador
(con sus capacidades biológicas, su memoria, etc.). Por estar ligado de múltiples maneras a la
persona, a su singularidad biológica, y por ser objeto de una transmisión hereditaria siempre
altamente encubierta y hasta invisible, constituye un desafío para todos aquellos que apliquen la
vieja y persistente distinción que hacían los juristas griegos entre las propiedades heredadas
(tapatroa) y las adquiridas (epikte ‘ra) —es decir, agregadas por el propio individuo a su
patrimonio hereditario de manera que alcance a acumular los prestigios de la propiedad innata y
los méritos de la adquisición. De allí que este capital cultural presenta un más alto grado de
encubrimiento que el capital económico, por lo que está predispuesto a funcionar como capital
simbólico, es decir desconocido y reconocido, ejerciendo un efecto de (des)conocimiento, por
ejemplo sobre el mercado matrimonial o el mercado de bienes culturales en los que el capital
económico no está plenamente reconocido.

La economía de las grandes colecciones de pintura, de las grandes fundaciones culturales, así
como la economía de la beneficencia, de la generosidad y del legado, descansan sobre
propiedades del capital cultural que los economistas no pueden explicar. Por su naturaleza, al
economicismo se le escapa la alquimia propiamente social por la que el capital económico se
transforma en capital simbólico, capital denegado o más bien desconocido. Paradójicamente
también ignora la lógica propiamente simbólica de la distinción que asegura provechos
materiales y simbólicos a los poseedores de un fuerte capital cultural, quienes reciben un valor
de escasez según su posición en la estructura de la distribución del capital cultural (en ultimo
análisis, este valor de escasez se basa en el principio de que no todos los agentes tienen los
medios económicos y culturales para permitir a sus hijos proseguir sus estudios, más allá de un
mínimo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo menos valorada en un momento
dado).
Sin duda, en la lógica de la transmisión del capital cultural es donde reside el principio más
poderoso de la eficacia ideológica de este tipo de capital.
Por una parte se sabe que la apropiación del capital cultural objetivado —y por lo tanto, el
tiempo necesario para realizarla— depende principalmente del capital cultural incorporado al
conjunto de la familia, incorporación que se da mediante el efecto Arrow generalizado4 y todas
las formas de transmisión implícita, entre otras cosas. Por otra parte, se sabe que la
acumulación inicial de capital cultural, condición de acumulación rápida y fácil de cualquier
tipo de capital cultural útil, comienza desde su origen, sin retraso ni pérdida de tiempo, sólo
para las familias dotadas con un fuerte capital cultural. En este caso, el tiempo de acumulación
comprende la totalidad del tiempo de socialización. De allí que la transmisión del capital
cultural sea sin duda la forma mejor disimulada de transmisión hereditaria de capital y, por lo
mismo, su importancia relativa en el sistema de las estrategias de la reproducción es mayor, en
la medida en que las formas directas y posibles de transmisión tienden a ser más fuertemente
censuradas y controladas.
Inmediatamente se ve que es a través del tiempo necesario para la adquisición como se
establece el vínculo entre el capital económico y el capital cultural. Efectivamente, las
diferencias entre el capital cultural de una familia, implican diferencias, primero, en la
precocidad del inicio de la transmisión y acumulación, teniendo por límite la plena utilización
de la totalidad del tiempo biológico disponible, siendo el tiempo libre máximo puesto al
servicio del capital cultural máximo. En segundo término, implica diferencias en la capacidad
de satisfacer las exigencias propiamente culturales de una empresa de adquisición prolongada.
Además y correlativamente, el tiempo durante el que un individuo puede prolongar su esfuerzo
de adquisición, depende del tiempo libre que su familia le puede asegurar, de decir, liberar de la
necesidad económica, como condición de la acumulación inicial.
El estado objetivado
El capital cultural en su estado objetivado posee un cierto número de propiedades que se
definen solamente en su relación con el capital cultural en su forma incorporada. El capital
cultural objetivado en apoyos materiales —tales como escritos, pinturas, monumentos, etc.—,
es transmisible en su materialidad.

Una colección de cuadros, por ejemplo, se transmite también como el capital económico, si no
es que mejor, ya que posee un nivel de eufemización superior que aquél. Pero lo que es
transmisible es la propiedad jurídica y no (o necesariamente) lo que constituye la condición de
la apropiación específica, es decir, la posesión de instrumentos que permiten consumir un
cuadro o bien utilizar una máquina, y que por ser una forma de capital incorporado, se someten
a las mismas leyes de transmisión.
Así los bienes culturales pueden ser objeto de una apropiación material que supone el capital
económico, además de una apropiación simbólica, que supone el capital cultural. De allí que el
propietario de los instrumentos de producción debe de encontrar la manera de apropiarse, o
bien del capital incorporado, que es la condición de apropiación específica, o bien de los
servicios de los poseedores de este capital: es suficiente tener el capital económico para tener
máquinas; para apropiárselas y utilizarlas de acuerdo con su destino específico (definido por el
capital científico y técnico que se encuentra en ellas incorporado) hay que disponer,
personalmente o por poder, del capital incorporado. Tal es sin duda el fundamento del estatuto
ambiguo de los “cuadros”: si se enfatiza el hecho de que no son los propietarios (en el sentido
estrictamente económico) de los medios de producción que utilizan, y que solamente sacan
provecho de su capital cultural vendiendo los servicios y los productos que les es posible, se les
ubica del lado de los dominados; si se insiste en el hecho de que se benefician con la utilización
de una forma particular de capital, son colocados del lado de los dominadores. Todo parece
indicar que en la medida en que se incrementa el capital cultural incorporado a los instrumentos
de producción (al igual que el tiempo incorporado necesario para adquirir los medios de
apropiárselo, o sea, para atender a su intención objetiva, su destino y su función) la fuerza
colectiva de los propietarios del capital cultural tendería a incrementarse, a menos de que los
dueños de la especie dominante del capital no estuvieran en condición de poner a competir a los
poseedores del capital cultural (éstos, además, tienen una inclinación a la competencia, dadas
las condiciones mismas de su selección y formación, particularmente en la lógica de la
competencia escolar y el concurso).
El capital cultural en su estado objetivado se presenta con todas las apariencias de un universo
autónomo y coherente, que, a pesar de ser el producto del actuar histórico, tiene sus propias
leyes trascendentes a las voluntades individuales, y que, como lo muestra claramente el ejemplo
de la lengua, permanece irreductible ante lo que cada agente o aún el conjunto de agentes puede
apropiarse (es decir, de capital cultural incorporado).
Sin embargo, hay que tener cuidado de no olvidar que este capital cultural solamente subsiste
como capital material y simbólicamente activo, en la medida en que es apropiado por agentes y
comprometido, como arma y como apuesta que se arriesga en las luchas cuyos campos de
producción cultural (campo artístico, campo científico, etc.) —y más allá, el campo de las
clases sociales— sean el lugar en donde los agentes obtengan los beneficios ganados por el
dominio sobre este capital objetivado, y por lo tanto, en la medida de su capital incorporado.
El estado institucionalizado
La objetivación del capital cultural bajo la forma de títulos constituye una de las maneras de
neutralizar algunas de las propiedades que, por incorporado, tiene los mismos límites
biológicos que su contenedor. Con el título escolar —esa patente de competencia cultural que
confiere a su portador un valor convencional, constante y jurídicamente garantizado desde el
punto de vista de la cultura— la alquimia social produce una forma de capital cultural que tiene
una autonomía relativa respecto a su portador y del capital cultural que él posee efectivamente

en un momento dado; instituye el capital cultural por la magia colectiva, a la manera (según
Merleau Ponty) como los vivos instituyen sus muertos mediante los ritos de luto. Basta con
pensar en el concurso, el cual a partir del continuum de las diferencias infinitesimales entre sus
resultados, produce discontinuidades durables y brutales del todo y la nada, como aquello que
separa el último aprobado del primer reprobado, e instituye una diferencia esencial entre la
competencia estatutariamente reconocida y garantizada, y el simple capital cultural, al que se
le exige constantemente validarse. Se ve claramente en este caso, la magia del poder de
instituir, el poder de hacer ver y de hacer creer, o, en una palabra, reconocer.
No existe sino una frontera mágica, es decir impuesta y sostenida (a veces arriesgando la vida),
por la creencia colectiva (“verdad del lado de los Pirineos, error más allá de ellos”). Es la
misma diacrisis originaria la que instituye el grupo como realidad a la vez constante (es decir,
trascendente a los individuos), homogénea y diferente, mediante la institución (arbitraria y
desconocida en tanto tal) de una frontera jurídica que instituye los últimos valores del grupo,
aquellos que tienen como principio la creencia del grupo en su propio valor y que se definen en
oposición a los otros grupos.
Al conferirle un reconocimiento institucional al capital cultural poseído por un determinado
agente, el título escolar permite a sus titulares compararse y aun intercambiarse
(substituyéndose los unos por los otros en la sucesión). Y permite también establecer tasas de
convertibilidad entre capital cultural y capital económico, garantizando el valor monetario de
un determinado capital escolar. El título, producto de la conversión del capital económico en
capital cultural, establece el valor relativo del capital cultural del portador de un determinado
título, en relación a los otros poseedores de títulos y también, de manera inseparable, establece
el valor en dinero con el cual puede ser cambiado en el mercado de trabajo. La inversión
escolar sólo tiene sentido si un mínimo de reversibilidad en la conversión está objetivamente
garantizado. Dado que los beneficios materiales y simbólicos garantizados por el título escolar
dependen también de su escasez, puede suceder que las inversiones (en tiempo y esfuerzos)
sean menos rentables de lo esperable en el momento de su definición (o sea que la tasa de
convertibilidad del capital escolar y del capital económico sufrieron una modificación de
facto). Las estrategias de reconversión del capital económico en capital cultural, como factores
coyunturales de la explosión escolar y de la inflación de los títulos escolares, son determinadas
por las transformaciones de las estructuras de oportunidades del beneficio, aseguradas por los
diferentes tipos de capital.


Los tres estados del capital cultural*
Pierre Bourdieu

El trabajo compartido

El trabajo compartido es un empleo en el que dos personas se reparten el trabajo de una persona que trabaja a tiempo completo . La comunicación entre aquellos que comparten el trabajo es esencial, y los compañeros de trabajo deben adaptarse a trabajar unos con otros, por ejemplo, una persona que es responsable de una tarea el lunes, pero otro el martes.
http://www.youtube.com/watch?v=XjVNuoHvDqI